Novela

Sexto capítulo de la novela El fin de Internet: "El vestido"

Mientras esperaba que me contaran lo que estaba ocurriendo, pensaba en la cita con Carlota, aunque solo eran las tres de la tarde tenía casi total seguridad de que no podría presentarme.

En casa de Carlota se respiraba una gran felicidad, sus padres estaban felices por fin Javier saldría con su hija.

Carlota desde bien pequeña había estado enamorada de Javier. Era un chico muy apuesto, alto, rubio y con ojos grises tenía a todas las chicas del barrio enamoradas de él.

Siempre había soñado con este momento, estaba ansiosa que llegaran las diez. No sabía qué ponerse, se había probado todos los vestidos que tenía en el armario.

No se podía imaginar que Javier seguramente no se presentaría a la cita.

Estaba tan ilusionada que viendo que ningún vestido le convencía, había decidido salir a comprarse uno nuevo, quería estar muy guapa para la cita.

Antes de salir pensó que lo mejor sería informarse de las tendencias que había esta temporada en el mundo de la moda. Se dirigió a su habitación abrió el ordenador, entró en el navegador y buscó varias páginas web especializadas en moda.

Carlota, al igual que Javier, no navegaba con las dichosas gafas, opinaba que la felicidad se la hacía uno mismo, no había necesidad de conectarse a ningún artilugio. Estaba segura de que la felicidad que ahora mismo sentía no se la hubieran podido dar las gafas.

Aun así, al contrario que Javier, si las tenía, se las regaló su padre creyendo que le harían ilusión. Nunca le dijo que no le gustaban, las guardó en el armario y se olvidó de ellas.

Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba llamo a su madre, quería que le diera su opinión sobre el vestido que más le había gustado.

—Mamá, ven un momento por favor, estoy en mi habitación.

Tardó unos pocos segundos en llegar. Cuando oyó a su hija llamarla dejó lo que estaba haciendo sin pensarlo ni un momento, su hija era lo más importante, la adoraba.

—¿Qué quieres hija? —se notaba que había venido corriendo, le faltaba el aliento.

—Quería que me dieras tu opinión sobre este vestido —Carlota señaló la foto del vestido que se veía en la pantalla del ordenador.

—Es precioso hija, ¿pero es que no te gusta ninguno de los que tienes?

—La verdad es que sí me gustan, pero no para la cita de hoy. Quiero algo especial y había pensado en este vestido.

—Estoy segura de que te quedará muy bien, a Javier se le caerá la baba cuando te vea.

—Pues entonces será mejor que vaya a comprarlo, conozco la tienda donde lo venden, espero encontrarlo.

Carlota le dio un beso a su madre, se despidió de ella y salió de casa.

La tienda no estaba lejos, iría dando un paseo.

Mientras paseaba pensaba cómo sería la cita. Se imaginaba bailando en la discoteca con Javier, haciéndose bromas mutuamente, riéndose y finalmente besándose apasionadamente.

El día era precioso lucía el sol, pero había algo fuera de lo común, las calles estaban prácticamente desiertas, el bullicio de otros días no existía.

Cuando llego a la tienda aún estaba cerrada, eran las cuatro y media, era pronto, abría a las cinco.

Para alegría de Carlota tenían el vestido, un maniquí del escaparate lo llevaba puesto.

Pensó en ir a un bar, tomaría un café mientras esperaba que abrieran. Sorprendentemente no encontró ninguno abierto, le pareció muy extraño, pero no le dio importancia.

Decidió ir a un parque que había cerca de allí. Había tanto silencio que casi daba miedo. Se oían claramente los cantos de los pájaros. Se sentó en un banco, en el tiempo que estuvo allí sentada no vio pasar a nadie ni tan siquiera a un niño jugando. Se sentía muy incómoda, miró su reloj pasaban diez minutos de las cinco. Se levantó y se dirigió hacia la tienda.

La tienda aún estaba cerrada, de ser otro día no hubiera esperado más, pero hoy era un día especial, la espera bien valía la pena.

—Perdone, ¿está esperando que abrán la tienda? —le preguntó a Carlota una señora que acababa de llegar, parecía tener unos cincuenta años.

—Sí, hace un rato largo que espero, tenía entendido que habrían a las cinco —respondió Carlota, se notaba que estaba un poco enfadada.

—Está en lo cierto señorita abrimos a las cinco pero mi dependienta, que es la que tenía que abrir, acaba de llamarme, ha dicho que no se encontraba bien.

—¿Es suya la tienda? —Carlota dedujo que la señora tenía que ser la dueña.

—Sí, así es, me llamo Claudia, ¿cuál es su nombre? Si no es una indiscreción preguntárselo, señorita.

—Carlota.

—Carlota, espero me disculpe por haberla hecho esperar, ahora mismo le abro —sacó las llaves de su bolso y abrió la puerta de la tienda.

Carlota entró primero, luego entró la señora.

—Bueno, Carlota, dígame ¿venía con alguna idea en especial?

—La verdad es que sí, me gustaría probarme el vestido que lleva puesto ese maniquí —se la notaba ansiosa por ver cómo le quedaba no veía el momento de verse con él puesto.

—Muy buena elección, es quizá el vestido más bonito que tenemos, ¿qué talla hace?

—La 38.

—Ahora mismo se lo traigo.

El poco tiempo que tardo la señora Claudia en ir a buscar el vestido se le hizo eterno a Carlota.

—Aquí lo tiene.

Carlota fue al probador lo más rápido que pudo, se quitó el jersey y el pantalón, acto seguido se colocó el vestido, se miró al espejo y una sonrisa apareció en su rostro, le quedaba perfecto como si se lo hubieran hecho a medida.

—¿Cómo le queda?

—Creo que muy bien, a ver qué le parece a usted —dijo Carlota saliendo del cambiador para que la señora la viera.

—Le queda fantástico —se notaba que lo decía de verdad, no para quedar bien.

—Pues entonces me lo quedo.

Carlota se vistió y cogiendo el vestido se dirigió a la caja.

—Son 350 euros.

El vestido era un poco caro, pero valía la pena gastarse ese dinero, hubiera estado dispuesta a pagar más, el vestido bien lo valía.

Carlota sacó de su cartera la tarjeta de crédito, pagó, cogió el vestido y salió de la tienda. Ni tan siquiera se despidió, solo pensaba en llegar a casa lo más rápidamente posible para enseñarle el vestido a su madre. Se imaginaba la cara de Javier cuando la viera con el puesto.