Novela

Quinto capítulo de la novela El fin de Internet: "Un extraño accidente"

Salí con mi coche del aparcamiento de la universidad, quedó totalmente vacío. Había muy poco tránsito. Los pocos coches con los que me crucé conducían a muy baja velocidad, algo poco usual en esta ciudad, normalmente la gente conducía muy deprisa, siempre con prisas, pero eso parecía ya pertenecer al pasado, en los últimos días todo parecía haber cambiado.

Llevaba un rato sin ver a nadie cuando de repente de no sé dónde apareció un coche. Tuve suerte y pude esquivarlo. Estuvo a punto de arrollarme. No se me había pasado aun el susto cuando otro coche a gran velocidad pasó por delante de mí casi rozando el morro de mi coche. Parecía que este último estaba persiguiendo al otro, seguí conduciendo: el problema que esos dos tuvieran no era de mi incumbencia así que decidí no dar importancia al incidente. Al fin y al cabo por suerte no me había ocurrido nada ni a mí ni a mi coche.

No sé por qué, la imagen de Carlota apareció en mi mente, paré un momento en el arcén puse las luces de emergencia y decidí llamarla.

—¿Quién es?

—Hola Carlota, soy yo Javier.

—Hola Javier qué alegría me da que vuelvas a llamar. Precisamente estaba pensando en llamarte —se notaba que estaba muy contenta con mi llamada.

—A mí me ha pasado lo mismo, pensaba en lo que dijiste de quedar algún día, ¿te iría bien esta noche? —le dije un poco nervioso.

Yo era una persona muy tímida y me daba un poco de vergüenza quedar con una chica, sobre todo si era Carlota. Me gustaba como nunca me había gustado nadie, no sé si decir que quizás estuviera enamorado de ella.

—Claro que me va bien, estaba deseando salir contigo, nunca te lo he dicho pero siempre me has parecido un chico muy apuesto e interesante.

Estas palabras hicieron que me sonrojara, agradecí al Señor que Carlota no pudiera verme.

—Gracias por el cumplido Carlota ¿te va bien que pase a buscarte a las diez? —algo dentro de mí me decía que le dijera lo que sentía por ella pero no pude.

—Me va perfecto, entonces hasta la noche. Adiós.

Un gran alivio recorrió mi cuerpo. Siempre había deseado salir con ella no como amigos sino como algo más. Parecía que esta noche seria mi gran ocasión para demostrarle mis sentimientos.

Quité las cuatro luces puse el intermitente de la izquierda y volví a ponerme en marcha. Me sentía feliz y aliviado. Recordé las palabras de la chica pelirroja. ¿Sería esta la sensación, que ahora tenía, la que se sentía al ponerse las gafas uno? La chica dijo que era la única manera que tenia de sentirse feliz y relajada.

Algo en la lejanía me llamó la atención. Creí ver un coche salirse de la carretera. Decidí aligerar un poco la marcha quería ver si había pasado algo. Llegué al punto donde me había parecido ver el coche salir de la carretera, no había nada.

Volví a parar en el arcén y puse otra vez las luces de emergencia. Me puse el chaleco reflectante y bajé del coche. Pude ver las marcas de la frenada pero ni rastro alguno del coche, parecía que se había desvanecido.

Estaba confuso, no comprendía cómo podía haber desaparecido, estaba seguro de haber visto al coche salir de la carretera, las marcas de los neumáticos me daban la razón.

Tenía que llamar a la policía para informar de lo ocurrido, pero las dudas de que no me creyeran pronto asomaron por mi mente. Se me ocurrió una idea, recordé que el agente Aníbal me había dado su número de teléfono, por si acaso lo había anotado en mi agenda de teléfono, nunca creí que necesitara llamarle pero algo me dijo que no costaba nada dejarlo grabado en mi agenda.

—Agente Aníbal, ¿quién es?

—No sé si se acordara de mí, soy Javier Galán, usted me dejo su número de teléfono el día que vino a hablar conmigo en mi casa.

—Sí, ya le recuerdo, pero ¿por qué me llama ahora? El caso de su amigo ya está cerrado —se notaba un poco molesto, no tenía muchas ganas de hablar conmigo.

—Mi llamada no tiene nada que ver con Carlos, le llamaba por un accidente de tráfico.

—Pues podía haberse ahorrado la llamada yo no soy policía de tráfico —me contestó muy enfadado y colgó.

Me quedé atónito no dejo ni que me explicara. Sin saber realmente qué hacer tomé la decisión de no llamar a la policía. Sin rastro alguno del coche no me tomarían en serio.

Eché un último vistazo por los alrededores y nada, ni rastro del coche. Llegué a pensar que quizá las marcas de los neumáticos no eran recientes, puede que no viera realmente al coche salir de la carretera, quizás solo fuera un efecto óptico, estaba un poco lejos cuando lo vi. Seguramente el conductor del coche en el último instante consiguiera dar un volantazo que le permitiera no tener el presunto accidente.

Estaba a punto de subir a mi coche para irme cuando de detrás de unas matas aparecieron tres personas. Se notaba que hacía un rato que me estaban observando.

La cosa no pintaba bien iban armados, dos de ellos eran los que estaban esa noche en el cementerio, el otro había estado junto a los otros dos en el entierro de Carlos.

—No te muevas —parecían no estar para tonterías, su tono era muy agresivo.

—Tranquilos no tengo intención de hacerlo.

—Fijaos, es el mismo chico rubio que había estado espiándonos en el cementerio —se acordaban bien de mí.

—No sé quiénes sois pero no quiero problemas —comencé a tener miedo.

—Quiénes somos no importa, pero problemas créeme que ya los tienes, te has metido en un buen lío.

—Os doy mi palabra que no he dicho nada a la policía de lo ocurrido en el cementerio.

—Eso ya lo sabemos, me arrepiento de no haberte matado cuando tuve la ocasión.

Me di cuenta que el tipo que había estado hablando hasta ahora, los otros dos no habían abierto la boca aún, era el que me dio el golpe en la cabeza. Eso significaba que también estaba en el cementerio esa noche, no lo vi y él aprovechó para golpearme a traición.

—¿Qué hacemos con él? —dijo uno de los otros dos.

—Yo creo que debería venir con nosotros —dijo el otro.

El que me diera el golpe en la cabeza se quedó un momento pensativo y finalmente dio su aprobación, decidió que fuera con ellos.

—Venga, que suba al coche.

Decidí no resistirme y subí a la parte trasera de mi coche, mejor dicho de mis padres, hoy no sé porque no había cogido el mío.

Recorrimos un largo camino hasta llegar a lo que parecía ser su escondite. En las más de dos horas que duró el viaje no dijeron ni mu, estuvimos todo el camino en silencio.

Era una pequeña cabaña de madera en medio de un bosque en las montañas.

Bajaron primero los dos que viajaban delante y después el de detrás, finalmente me hicieron bajar a mí. Hacía mucho frío. Calculé que la temperatura era unos diez grados más baja que en el lugar donde me secuestraron. Yo, que llevaba un jersey que a pesar de ser de manga larga era muy fino, tiritaba de frío. Ellos, que tampoco iban vestidos para un clima tan frío, no parecían tener frío.

Entramos en la cabaña. Me hicieron sentar en una silla. Ellos no se sentaron.

—Bueno chico, ¿cómo te llamas?

—Javier.

—Te preguntarás qué es lo que está pasando, ¿me equivoco?

El que parecía el cabecilla era el único que me hablaba. Tendría poco más de cuarenta años, llevaba el pelo largo y barba de color castaño oscuro, sus ojos eran verdes, mediría aproximadamente un metro ochenta era fornido y tenía cara de pocos amigos. Al igual que pasara en el arcén de la carretera los otros dos no habrían la boca, se mantenían en un segundo plano. Los dos eran morenos con ojos marrones. Al contrario que el otro llevaban el pelo muy corto y la cara bien afeitada. Uno era casi tan alto como él y el otro sin embargo apenas medía un metro setenta, su edad rondaría también los cuarenta años.

—Sí, la verdad es que tengo muchas dudas.

—No te preocupes yo te las despejaré todas.