Novela

Cuarto capítulo de la novela El fin de Internet: "Un aula vacía"

Habían pasado dos días desde el extraño incidente en el cementerio. Aún me dolía la cabeza. Eran las 9:33 de la mañana. Me encontraba en el aula de la facultad de matemáticas. Hacía tres minutos que debiera haber empezado la clase. Estaba totalmente vacía. Solo yo me había presentado. Ni el profesor se había dignado a venir, cosa muy rara en él. Últimamente había observado una disminución de alumnado en las clases, pero esto era absurdo. Tomé la decisión de esperar hasta menos cuarto. Si se presentaba el profesor seguramente por respeto a mí, aun siendo el único alumno, impartiría la clase.

—Menos cuarto y no ha venido nadie, será mejor que me vaya —dije pensando en voz alta.

Salí del aula. Recordé que de camino a la universidad las calles estaban prácticamente vacías. Muchas tiendas que habitual-mente abrían a las ocho permanecían cerradas. No parecía miércoles, daba la sensación de ser un día festivo. Los pasillos de la universidad estaban casi desiertos y en las aulas más de lo mismo, pude contar poco más de una docena de personas, parecía una universidad fantasma.

Era todo muy extraño, todo parecía estar cambiando. Los dos días anteriores habían sido más extraños si cabe. Los recuerdos de lo ocurrido vinieron a mi mente.

En el cementerio, al no verme con fuerzas de volver a mi casa andando, a causa del fuerte dolor que sentía en mi cabeza, tomé la decisión de llamar a mis padres para que me vinieran a buscar con el coche.

No fue una sorpresa para mí que no contestaran a mi llamada. Aun así mi enfado fue mayúsculo. Tomé la decisión de llamar a Carlota. Era amiga mía desde la infancia, estaba seguro que no se negaría a venirme a buscar.

—¿Quién es? —dijo mi amiga con una voz dulce y sensual.

—Carlota soy yo, Javier.

—Javier, que alegría me da oír tu voz hacía más de un mes que no me llamabas, ¿qué es de tu vida, cómo estás?

—No muy bien, pero ahora no tengo tiempo de explicaciones, ¿podrías hacerme un favor y venirme a buscar al cementerio?

—¿Al cementerio? ¿Qué haces tú en el cementerio? —dijo extrañada Carlota.

—Es una historia muy larga, después te la cuento, ¿puedes venir a buscarme?

—Ahora voy.

En poco más de diez minutos Carlota llegó en su coche, yo la esperaba en la puerta de entrada. Estaba tan guapa como siempre. Era una chica morena muy alta y la verdad es que destacaba entre todas las otras chicas que yo conocía. Sus ojazos color miel parecían hablarme. A mí siempre me había gustado, pero nunca había intentado nada con ella.

Al verme me dio dos besos y un gran abrazo. Estuvimos hablando. Le conté todo lo que había pasado. No acababa de creerme. Le parecía todo un poco absurdo. Intentó convencerme que todo podían haber sido alucinaciones causadas por el fuerte golpe en la cabeza. Según ella debí tropezar y en la caída me golpeé la cabeza, al perder el sentido sufrí alucinaciones, nada había sido real.

Decidí no discutir con ella, asentí con la cabeza y le pedí que sin más demora me llevara a mi casa.

—Bueno, Javier, ya hemos llegado, ¿estás seguro que no quieres ir al médico?

—No, ya me encuentro mucho mejor, gracias por traerme.

—No hay de qué. A ver si algún día me llamas y quedamos para tomar algo.

—Lo haré, te llamaré, adiós.

—Adiós y cuídate.

Bajé del coche de Carlota, observé cómo se alejaba. Cuando se perdió en el horizonte me dirigí hacia mi casa.

Abrí la puerta, no se oía ruido alguno.

—Papá, mamá, ¿dónde estáis? —la casa estaba totalmente en silencio.

—¿Que no me oís? —dije preocupado.

Me dirigí a la habitación de mis padres, estaba seguro que estarían delante de la pantalla del ordenador.

Entré. Para mi sorpresa no había nadie, los ordenadores estaban apagados y las gafas encima de los teclados.

En la mesita del lado de la cama donde dormía mi madre había una nota:

“Javier no hemos podido localizarte, espero que te encuentres bien. Nos hemos visto con la imperiosa necesidad de viajar a Miami, nos ha llamado Antonio. Al parecer hay unos pequeños problemas en la empresa. Calculo que pasaremos una semana fuera de casa. No te preocupes por nosotros, estaremos bien”.

Mis padres eran dueños de varias empresas, Antonio era el gerente de la empresa de material informático que tenían en Miami.

En un principio me sorprendió que se dejaran las gafas, luego fue un gran alivio para mí pensar que quizás su adicción a ellas no era tan fuerte como pensaba.

Tenía curiosidad por saber qué tipos de páginas web visitaban mis padres. Encendí los ordenadores y miré los historiales de los navegadores.

No tenían relación alguna. Había visitas en páginas web de lo más variopinto. Aeromodelismo, vinos franceses, razas de perros, historia del ajedrez, eran algunas de ellas entre otras muchas.

Daba la sensación que navegaban sin sentido por la red sin importarles nada en concreto, como si solo lo hicieran para poder usar las gafas.

Apagué los ordenadores. Fui a la cocina, me preparé algo para comer y encendí la televisión.

Puse el canal de noticias. Llevaba muchos días aislado totalmente de todo y tenía necesidad de saber que estaba pasando en el mundo.

Hablaban de un inquietante aumento de suicidios que no tenían explicación alguna. Los expertos estaban desconcertados, nunca antes se había visto nada igual.

Dejé de recordar. En la universidad las pocas personas que había deambulaban por ella como zombis. Su cara reflejaba un símbolo claro de extrañeza. Parecían no entender nada. Qué decir de mí, yo tampoco.

—Perdona —una chica pelirroja con la cual había coincidido en alguna ocasión en el campus, se me acercó y decidió hablarme—, ¿tú tienes alguna idea de por qué hoy no se ha presentado ningún profesor y prácticamente ningún alumno?

—No, yo me estaba haciendo la misma pregunta.

—Que no se presenten los alumnos no es tan extraño, pero la falta de profesorado no es nada común —se notaba que no encontraba sentido alguno a lo que estaba pasando, estaba muy nerviosa y tensa a la vez, le temblaban las manos y no paraba de moverse como si le preocupara algo.

Estos nervios me recordaban a los que sufrían mis padres cuando no tenían las gafas puestas, actuaban como yonquis a los que les falta su dosis.

Una pregunta pasó por mi mente quizás esta chica también estuviera enganchada a las gafas en cuestión.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —tenía serias dudas de que le sentara bien la pregunta—. Cuando navegas por internet ¿llevas las gafas que son llamadas “elixir de la felicidad”?

Se me quedó mirando con una cara de asombro, me recordó a la que puso Carlos el día de su muerte cuando le pregunté qué sentía cuando llevaba las gafas puestas.

—Pues claro que sí, como todo el mundo, ¿es que tú no lo haces?

—Aunque parezca extraño, yo no, ni las he probado.

—Pues deberías, precisamente estoy ansiosa de llegar a casa y ponérmelas, es la única manera de sentirme feliz y relajada.

La chica se despidió de mí y se fue.

Comencé a darme cuenta que podía ser una de las pocas personas en no haber probado aún las dichosas gafas, podía considerarme un bicho raro.

Tomé la decisión de salir de la universidad, era una pérdida de tiempo seguir allí.