Novela

Tercer capítulo de la novela El fin de Internet: "El entierro"

Había pasado una semana desde la muerte de Carlos. Por fin la policía dio por terminada la investigación. No encontraron nada extraño al hacer la autopsia, decretaron que en un momento de locura mi malogrado amigo decidió tirarse del balcón sin motivo alguno. La familia de Carlos decidió no demorar más el entierro, mañana mismo sería sepultado el cuerpo.

Mi padre se aficionó en demasía al uso de las gafas. Cuando tenía un momento libre se las ponía y navegaba por la red. Esta actitud me tenía muy preocupado. Cada vez se parecía más a la que tenía Carlos antes de morir. Mi madre fue tentada por mi padre y acabó probándolas. Le gustó tanto que decidió comprarse sus propias gafas. No solo eso, también compró un nuevo ordenador para poder usarlas siempre que le viniera en gana. El otro ordenador lo solía usar mi padre, intentaron convencerme a mí, pero en vano, no lo consiguieron.

Cuando fui a dormir, como era costumbre en mí, les desee buenas noches a mis padres, pero estaban tan absortos navegando con las gafas puestas que ni me oyeron.

Pasé muy buena noche, dormí de un tirón y no tuve pesadilla alguna. Me vestí para ir al funeral, el traje negro era lo más adecuado. Bajé de mi habitación y fui en busca de mis padres, mi sorpresa fue mayúscula al ver que todavía estaban conectados a internet. Habían pasado la noche entera navegando con esas malditas gafas puestas.

—Mamá, papá, ¿pero se puede saber qué hacéis?, falta poco más de una hora para el entierro, no sé qué esperáis a vestiros.

Me miraron con cara de no ir con ellos lo que les estaba diciendo y siguieron navegando por internet como si nada.

Esta actitud me indignó más si cabe, no entendía nada. Últi-mamente actuaban con una actitud muy pasota. Les volví a recriminar y solo recibí una callada por respuesta.

—No sé qué es lo que os pasa, pero prefiero no perder más el tiempo. Me voy al entierro yo solo, adiós.

Salí de casa muy enfadado, decidí no coger el coche, iría al cementerio dando un paseo.

Por el camino me pasó algo muy raro, oí unos gritos muy fuertes, venían de unos edificios que se encontraban al otro lado de la calle. Crucé la calle. Quería ver qué pasaba, los gritos cada vez eran más fuertes.

—Que alguien me ayude, me queman los ojos, no puedo ver, el dolor es insoportable.

Miré hacia arriba y vi a una persona que parecía que iba a tirarse por la ventana de su casa. Intenté tranquilizarle.

—Señor, esté tranquilo, llamaré a una ambulancia y le ayudarán, pero por favor métase dentro de su casa no haga ninguna tontería.

Saqué el móvil con intención de llamar a la ambulancia. Para mi sorpresa antes de que pudiera marcar número alguno, vi cómo alguien cogía a ese señor y por la fuerza lo obligaba a entrar.

—Señor, ¿se encuentra bien?, respóndame por favor.

—Tranquilo, mi hermano está bien. Gracias por preocuparse, disculpe las molestias.

—¿Es usted su hermano? —le dije a la misteriosa persona que acababa de hablarme, tenía serias dudas de que lo fuera.

—Sí, espero que mi hermano no le haya asustado, sufre ataques de esquizofrenia, estos numeritos son frecuentes en él.

—Bueno, ya me quedo más tranquilo —no era verdad, no creí nada de lo que dijo, pero decidí irme, había perdido mucho tiempo y llegaba tarde al funeral.

Cuando llegué ya habían comenzado la ceremonia. El pano-rama era desolador, contándome a mí éramos solo siete personas. Ninguno de sus amigos se había presentado, solo yo, sus padres, su hermana y tres personas más que no había visto en mi vida éramos los únicos presentes.

Tenía la esperanza de poder ver a Carlos por última vez, pero no pudo ser, el féretro tenía la tapa cerrada. Acabó el sepelio y me encaminé a dar el pésame a sus padres y hermana. Se habían pasado la ceremonia hablando y riendo como si el fallecido no fuera su hijo y hermano respectivamente, no les cayó ni una sola lágrima. Todo era muy extraño, y aún lo acabaría siendo mucho más. Les di el pésame, ellos ni tan siquiera se molestaron en darme las gracias y me miraron como si no me conocieran.

Todo el mundo se fue, yo decidí quedarme un rato más delante de la tumba de mi amigo.

—Me gustaría saber qué es lo que te paso, haberte ayudado, tenía que haberme quedado un rato más, no debí irme tan pronto —las lágrimas asomaban por mis ojos, acabé llorando como un niño pequeño, me sentía culpable.

No quería irme, las horas pasaron muy deprisa, perdí la noción del tiempo. Comenzó a anochecer y el guardia del cementerio se acercó a mí y me dijo que iba a cerrar, le di las gracias y me fui.

Cuando estaba a punto de llegar a mi casa caí en la cuenta que había dejado mi americana en el cementerio. Qué cabeza la mía, en qué estaría pensando. Ni corto ni perezoso me di media vuelta y volví en busca de ella.

La puerta estaba cerrada, tuve que saltar la verja. Me dirigí a la tumba de Carlos, estaba seguro de habérmela dejado olvidada allí. Cuando estaba a punto de llegar un ruido me sorprendió y decidí esconderme. Pensé que era el guardia haciendo su ronda, por nada del mundo quería que me viera. Para mi sorpresa no era él, había dos personas más, las reconocí: habían estado en el entierro juntamente con otra persona. Una de ellas llevaba un maletín como los que llevan los médicos en sus visitas a domicilio. Les oí hablar, no entendí lo que decían, les observé y vi cómo se dirigían a la tumba de Carlos.

Allí les esperaba el vigilante, la tumba había sido profanada, el cuerpo yacía en el suelo fuera de ella. Tuve un sentimiento de repugnancia y enfado a la vez, pero sabía que lo mejor era no hacer nada. Eran tres y yo solo uno, si intentaba algo mi vida correría un gran peligro.

Del maletín sacaron un bisturí, pronto entendí que tenían intención de abrir el cuerpo de mi amigo. ¿Que estarían buscando? ¿Qué sabían, que nadie más sabía? ¿Quiénes eran esos tipos? Decidí acercarme un poco más. Quería ver lo que estaban haciendo. Sigilosamente me acerque lo más que pude. Desde mi nueva posición podía ver perfectamente el cuerpo. Me fijé en sus ojos. Como sospechaba, tenía fuertes quemaduras en ellos.

Un nuevo ruido me sorprendió, intente girarme para ver qué pasaba. No me dio tiempo. Noté un fuerte golpe en la cabeza y perdí el sentido. Cuando lo recuperé era ya de día. Me levanté como pude. Me sentía muy aturdido, con todo, la curiosidad era mayor que mi sentido común. Decidí acercarme a la tumba de Carlos. Sorprendentemente estaba intacta. No había síntoma alguno de que hubiera sido profanada. Para más inri mi americana se encontraba allí. Parecía que nada de lo que yo había visto esa noche hubiera pasado en realidad. Solo el golpe en mi cabeza parecía real. Me quedé un rato descansando. Me dolía mucho la cabeza. Era todo tan irreal que, de no haber sido por el golpe, hubiera creído haber vivido una ilusión.