Novela

Segundo capítulo de la novela El fin de Internet: "Vacío"

El día después de la visita del agente Aníbal una sensación de vacío se adueñó de mí. Todas mis ganas de averiguar lo ocurrido desaparecieron, no era capaz de explicar qué sentía. En realidad solo vacío, como si algo o alguien hubiera absorbido mi energía vital. Mis padres se comportaban de una manera tan sospechosa como extraña, hablaban a escondidas y si me veían venir callaban de golpe. Cuando les preguntaba sobre lo que hablaban me decían que nada importante, solo temas de negocios que a mí, según su opinión, no tenían por qué interesarme, ante esta situación que me hacía sentir tan incómodo era preferible para mí estar en la calle que en mi propia casa.

Pero fuera del hogar seguía sintiendo quizás más si cabe un vacío que hasta podía llegar a dejarme sin aire en mis pulmones y ocasionarme una sensación de ahogo que llegaba a asustarme y a provocarme auténticos ataques de pánico. La pérdida de Carlos había sido un golpe tan duro que no estaba convencido de ser capaz de superarlo y volver a vivir una vida normal. El duelo se había apoderado de mi ser y quizás nunca me abandonara. Quería ser fuerte y no era capaz. Quería olvidar y no podía. ¿Pero cómo alguien podía ni tan solo pensar que fuera fácil? Nunca me había enfrentado a un reto tan fuerte. Siempre había sido feliz, nunca pensé poder sentirme tan pero tan triste. Ni en mis peores pesadillas me había llegado a sentir tan angustiado y desorientado. Desde la muerte de mi amigo no era dueño de mi cuerpo ni de mi mente, mi cuerpo se movía casi por impulsos yo no lo controlaba: era como un zombi deambulando sin rumbo fijo.

Paseando por las calles de mi barrio todo parecía normal pero algo dentro de mí me decía que no era así. No solo mis padres se comportaban de forma extraña. Mis vecinos habían cambiado de hábitos, pocos eran los que salían a pasear y si lo hacían era a horas muy tardías. Por la mañana las calles se encontraba casi desiertas, al andar prácticamente a solas volvió esa incomoda y claustrofóbica sensación de vacío que impedía que me encontrara a gusto en sitio alguno. Sintiéndome tan mal era preferible volver a mi casa y aislarme en mi habitación, quizás el único lugar donde podía llegar a sentirme más o menos a gusto.

Cuando llegué a mi casa mis padres no estaban y, sinceramente, por muy duro que pareciese, ya no me importaba en absoluto. Quizás era mejor que no estuvieran, al fin y al cabo en ningún momento había sentido ningún apoyo especial de su parte hacia mí. Todo lo contrario. Parecía que les traía sin cuidado cómo yo me sintiese. Subí a mi habitación, cerré la puerta, me senté en el borde de la cama unos instantes pensativo con la mente perdida, y finalmente me tumbé en ella, cerré los ojos y, como por arte de magia, el vacío que me oprimía desapareció, un gran alivio recorrió todo mi cuerpo y por fin me sentí bien.