Novela

Primer capítulo de la novela El fin de Internet: "El elixir de la felicidad"

La mayoría de gente dejó de ir a trabajar, el mundo se convirtió en un caos, y las naciones decidieron el fatídico día 16 de mayo del año 2023, en una votación extraordinaria de la ONU, acabar con internet. La señal dejó de ser recibida en todo el mundo. Ya era tarde para muchos, se habían convertido en vegetales que solo vivían por y para internet, su cura no era posible, la reacción de los gobiernos llegó tarde. Esta gente murió casi en el acto. Eran como drogadictos que a causa de la falta de su dosis de droga o sea de internet, sufrieron una muerte fulminante. Muy pocos no estábamos enganchados: más del 99% de la población murió o quedó gravemente enferma, muchos quedaron en coma o en estado catatónico, otros se suicidaron al ver morir a sus seres queridos, unos pocos miles de personas quedamos con vida. Ninguno de mis familiares, amigos y conocidos quedó con vida. Tenía 21 años y el mundo que yo conocía desapareció en mis propias narices. Pero, ¿cómo se había llegado a esta situación tan crítica?

No había pasado ni un año de la invención del llamado “elixir de la felicidad”. Todo pasó muy deprisa, la comercialización de este producto se produjo casi al mismo tiempo de su invención, no se hicieron las pruebas pertinentes para constatar que no tenía efectos negativos para la salud o eso creía yo. Al principio todo parecía ir bien. La gente nunca había sido tan feliz. Muchos creyeron que la solución a todos los problemas de la sociedad por fin había sido encontrada. Se tenía una sensación muy parecida, es de suponer, a la que hubiera tenido un cruzado de la edad media al encontrar el Santo Grial. Pero un día todo cambió. Recuerdo que yo estaba en casa de mi amigo Carlos. Él, como de costumbre, estaba navegando por internet. Hacía un par de semanas que había comprado el llamado “elixir de la felicidad”. Eran simplemente unas gafas muy parecidas a las que hacía poco más de una década se usaban para ver películas en 3D. No sabría decir exactamente qué efecto producían, nunca las llegue a probar, por lo contrario Carlos se volvió casi un adicto a estas gafas desde el mismo momento de su adquisición. No perdía ocasión para usarlas siempre que tenía un momento libre. Ese día no era una excepción, chateaba con ellas puestas, mi curiosidad era muy fuerte y se lo tuve que preguntar:

—Carlos, ¿qué sientes cuando llevas las gafas puestas?

Él me miró fijamente con una expresión de extrañeza en su rostro y dijo, con un tono muy sereno, que hacía entrever que se encontraba en un momento de extremada relajación.

—No se puede expresar con palabras, pruébalas —no dijo nada más, y siguió chateando con la misma expresión de serenidad que no dejó de mostrar en el tiempo que pasé allí en su casa.

Mientras me dirigía a casa pensaba en el gran cambio sufrido por mi amigo desde la adquisición del, por mi parte, mal llamado “elixir de la felicidad”. Carlos era un chico fornido amante de todo tipo de deportes, apenas chateaba por internet, pero eso ya pertenecía al pasado. Se había vuelto un chico sedentario, apenas se movía de delante de la pantalla del ordenador, desde el fatídico instante que se colocó las gafas, su vida cambió.

Seguía absorto en mis pensamientos cuando sonó mi móvil, era mi madre, cuando contesté me dijo en un tono muy nervioso que fuera rápidamente a casa, le pregunte qué pasaba pero no quiso contármelo. Colgué e intensifiqué mi marcha. Quería llegar lo antes posible para saber qué pasaba. Pronto llegué a mi casa, estaba situada en el barrio más lujoso de la ciudad era una gran mansión, abrí la puerta y mi madre al verme entrar se me abrazó llorando.

—¿Qué pasa mamá por qué lloras? —le pregunté preocupado al verla llorar tan desconsoladamente.

—Javier, ha pasado una desgracia —me dijo casi tartamudeando, se notaba que estaba muy afectada.

—Mamá, dime lo que pasa —yo ya no podía más, no entendía nada y necesitaba una respuesta.

—Se trata de Carlos —hizo una pausa antes de continuar, se notaba que algo grave le había pasado a mi amigo, su madre le acaba de llamar— me gustaría no tener que darte esta mala noticia, tu amigo —antes de poder acabar la frase, rompió a llorar.

—Pero mamá, dime, ¿qué le ha pasado a Carlos?

—Ha muerto.

Al oír la palabra muerto, me derrumbé y tuve que sentarme, no podía entenderlo, hacía poco más de media hora que estaba hablando con él, y en ningún momento me pareció que se encontrara mal, ni noté ningún síntoma que pudiera hacer sospechar que le pasara algo grave. Mi madre se sentó a mi lado e intento consolarme, pero no había consuelo posible. Mi mejor amigo acababa de fallecer.

Ese día no pude probar bocado. Pronto fui a dormir, la tristeza me embargó el alma. Me costó mucho dormirme y cuando por fin caí rendido las pesadillas se adueñaron de mí. En ellas aparecía mi malogrado amigo y me suplicaba que le quitara las gafas.

—¿Por qué no te las quitas tú? —le dije sin entender lo que le pasaba.

—Quítamelas, por favor, me duelen mucho los ojos —me contesto gritando de dolor.

Me acerque a él y le quité esas malditas gafas, una tétrica imagen apareció ante mí, no tenía ojos, de sus cuencas vacías salían infinidad de gusanos. Un escalofrió recorrió mi cuerpo y grité como nunca recordaba haber gritado. Cerré los ojos atemorizado y cuando los volví a abrir encontré a mi madre delante de mí asustada.

—¿Qué te pasa hijo?, tus gritos me han asustado.

—Perdona, mamá, he tenido una pesadilla —en ese preciso momento una pregunta rondó por mi mente: ¿podían tener algo que ver las gafas en la muerte de Carlos?

—Mamá, cuando te llamó la madre de Carlos ayer, exactamente, ¿qué te dijo?

—Solo que su hijo acababa de morir.

—¿Nada más? ¿No te comentó cómo había muerto?

—La verdad es que no.

—¿Te pareció muy afectada?

—Aunque parezca extraño tenía una voz muy serena y no parecía en ningún momento estar afectada por el trágico suceso —se notaba que mi madre no se encontraba cómoda hablando del tema— y ahora, si no te importa, preferiría no hablar más de ello.

Decidí hacer caso a mi madre, pero aún me quedé con más dudas: ¿Por qué la madre de Carlos estaba tan tranquila y serena? No era normal, la pérdida de su hijo tenía que haberla dejado muy tocada emocionalmente. Recordé entonces que últimamente Carlos también hablaba en un tono muy tranquilo y sereno. ¿Era una coincidencia o quizás había algo más?

Me vestí y bajé a desayunar, aún no me había recuperado totalmente de lo sucedido, pero decidí que tenía que comer algo. Acababa de sentarme cuando sonó el timbre de la puerta.

—Ya abro yo, mamá —abrí la puerta y ante mi asombro una placa de policía apareció delante de mis ojos, un hombre de unos cincuenta años rubio de ojos azules no muy alto con el pelo rizado y aspecto desaliñado era su portador.

—Buenos días, soy el agente Aníbal Harvey, es usted el señor Javier Galán.

—Sí, yo mismo, ¿a qué se debe su visita?

—Estoy encargado de la investigación del presunto suicidio de Carlos Ríos.

—Ha dicho suicidio, ¿no había muerto de muerte natural?

—Si no le importa dejarme pasar, hablaremos mejor dentro de su casa, entremos que se lo explicaré todo.

Le dejé entrar y nos sentamos en el sofá, en esas entraron mis padres.

—Papá, mamá, este es el agente Aníbal, está al cargo de la investigación sobre la muerte de Carlos.

Mi padre, que era un hombre muy serio y para nada acostumbrado a tratar con la policía, se mostró muy distante todo el rato, no se sintió en ningún momento cómodo. Mi madre era totalmente diferente, estaba encantada con la visita del policía, la curiosidad podía con ella, tenía ganas de saber lo que realmente había pasado. Yo, por mi parte, no acababa de estar totalmente a gusto, estaba convencido de que el policía tenía serias sospechas de que yo sabía algo, no era de extrañar, fui la última persona en ver con vida a Carlos.

El policía no nos sacó para nada de dudas, al parecer Carlos se tiró del balcón instantes después de mi ida. Algunas personas que vieron cómo se precipitaba a la calle, le oyeron gritar: mis ojos, mis ojos.

—Perdone, señor agente, ¿llevaba puestas unas gafas cuando se tiró? —le pregunté estaba seguro de que así era.

—No, ¿de qué gafas estás hablando? —dijo el agente con cara de extrañeza.

—¿Ha oído hablar del “elixir de la felicidad”?

—Sí, algo he oído, pero no sé de qué se trata.

—Pues tal elixir son realmente unas gafas.

—¿Qué hacen esas gafas, si se puede saber? —preguntó intrigado.

—No lo sé, no me las he puesto nunca.

—Yo sí lo sé —mi padre que había estado callado hasta aquel preciso instante nos sorprendió a todos, no tenía ni idea que hubiera probado las gafas—. Te hacen sentir una felicidad tan grande y una relajación tan enorme que todos tus problemas desaparecen.

—Jorge, no sabía que tenías esas gafas —dijo mi madre con una expresión entre el asombro y el enfado.

—Perdona, no le di ninguna importancia, creí que no te importaría, Vanesa, las compré la semana pasada.

—Perdona, papá, pero tengo una pequeña duda, ¿qué relación tienen las gafas con la red de internet?, Carlos siempre las llevaba puestas cuando chateaba.

—Es muy simple, solo funcionan cuando estás navegando o chateando por internet.

El agente Aníbal, que estaba escuchando muy entusiasmado nuestra conversación decidió que era hora de hablar él.

—Perdonen, señores, pero creo que esto no nos lleva a ningún sitio, yo solo he venido a preguntarle al señor Javier si Carlos le dijo o le hizo entrever en algún momento ayer o en días anteriores, que tuviera intención de quitarse la vida —parecía un poco enfadado, que por unos instantes pasáramos de él y nos pusiéramos a conversar entre nosotros no le había hecho ninguna gracia.

—La verdad es que no, siento no poder ayudarle.

—No importa, si recuerda algo llámeme. Aquí tiene mi número de teléfono —apuntó el número en un pequeño papel, se levantó se despidió de nosotros y se dirigió hacia la puerta.

—Esté tranquilo, lo haré —le abrí la puerta y me despedí de él, acto seguido la cerré y me dirigí hacia donde estaban mis padres sentados.

Mis padres estaban discutiendo. A mi madre no le había sentado nada bien la compra de las gafas sin haberla consultado, y yo intenté poner paz.

—No te lo tomes a mal, mamá, papá no lo hizo con mala fe, pensaba que no te importaría —mi padre me guiñó el ojo como signo de aprobación, mi madre en cambio pareció no estar conforme del todo y continuó reprochándole a mi padre su actitud.

Decidí no meterme más en la discusión. Me dirigí a la cocina, comí algo y salí a dar una vuelta. Mientras cerraba la puerta aún podía oír discutir a mis padres. Si algo tenía mi madre era que no daba nunca el brazo a torcer si se creía con razón.

Caminé un rato sin rumbo fijo, mis pensamientos se centraron en las últimas palabras de Carlos, igual que en mi sueño se quejaba de dolor en sus ojos, me arrepentí de no haberle hecho una última pregunta al agente Aníbal. Tenía curiosidad por saber si tendría los ojos dañados. De ser así, la relación con las gafas parecería lógica, quizás fueran estas la causa de su muerte. Asimismo me di cuenta que era importantísimo estar seguro de ello, más personas, entre ellas mi padre, podían estar en peligro.