Relato corto

SÁCAME DE AQUÍ

-No creo que seas capaz de sacarme de aquí.

Ya no me sentía tan segura. Había perdido la fe.

Tantos años en el candelero, la mejor abogada, eso decían, la más polémica, no podría decir que no. ¿Y ahora qué? Me sentía incapaz de ayudarla, de sacarla de allí. Que me pasaba, por qué tanta inseguridad. Que quedaba de mí, de la gran abogada que afrontaba todas las situaciones con una seguridad innata, que no se achantaba ante nada ni ante nadie que decía lo que pensaba sin importarle siquiera si alguien pudiera sentirse ofendido.

Ya no era yo y ella lo sabía.

-¡Mírame a la cara! ¿Ni de eso eres capaz? ¡Cobarde más que cobarde! ¿Dejarás que me pudra aquí dentro? ¡Respóndeme!

Como bien decía, era incapaz de mirarle a la cara, me avergonzaba de mí misma, de mi actitud, no solo hacia ella, ante el mundo. Y ella seguía hablándome sin parar, produciéndose un incomodo monologo, pero que podía hacer, negar la evidencia, levantarme e irme de allí, abandonándola, huyendo como la cobarde en que me había convertido, dándole la razón, o por el contrario, con las pocas fuerzas y la dignidad que me quedaba, buscar la manera de ayudarla, de sacarla de aquel lugar, del infierno, donde yo misma sin quererlo la había arrastrado.

-¡Habla de una vez! Dime que vas a hacer para salvarme, para salvarte tu misma, por qué no se trata solo de mí, también de ti, y lo sabes, aun qué no quieras reconocerlo.

Tenía razón, salvarla a ella era salvarme a mí y debía hacerlo, debía salvar a las dos.

-Lo haré, te salvaré, me salvaré, las dos saldremos de aquí, te doy mi palabra.

Pero que valía mi palabra, yo misma no creía en ella, a quién quería convencer.

-Siempre dices lo mismo, te sacaré de aquí, te lo prometo, te doy mi palabra, lo juro por mi vida, y nunca cumples tu promesa, ¿por qué hoy debo creerte?

Volví a bajar la mirada, volví a sentirme avergonzada, nunca la sacaría de allí, no era capaz de hacerlo.

Cerré los ojos, y deseé, que cuando volviera a abrirlos ella hubiera desaparecido. Los abrí, ya no estaba, volvía a estar sola, en la sala blanca acolchada, con la seguridad que mañana regresaría, como cada día, a verme, a torturarme, a recordar mi locura, a recordarme que nunca saldría de allí.